Las hermanas Vasquez, el crimen del padre

Las Vásquez, el crimen del padre
Claudia Weiner (1)

 

El 27 de marzo de 2000, en una casa del barrio de Saavedra, Juan Carlos
Vásquez moría, a causa de un corte en el cuello, recibido de manos de
Silvina Vásquez con un chuchillo Tramontina. En esa misma habitación se
encontraba Gabriela Vásquez.
Datos así no alcanzan a la ley para dictar sentencia. No bastan una muerte,
un arma implicada, ni la mano que la sujetó. Se necesitan móviles, motivos,
declaraciones, esclarecimientos, testigos que hablen y armen un tejido
de relaciones a fin de establecer tal crimen.
Lo ocurrido en esa casa del barrio de Saavedra da que hablar. Lo que se
dice importa en tanto configura distintos públicos que no sólo con sus versiones
intentan explicar los sucesos sino que dan la idea del contexto en que
las distintas perspectivas se diseñaron.
Si los hechos atravesaron el ámbito familiar, el de la comisaría y del tribunal
es porque afectan el tramado discursivo, el contexto cultural del público
que al mismo tiempo produce.
Los medios de comunicación destacan desde un principio que se trata de
dos hijas y un padre: “Dos hijas, dos hermanas matan al padre”, es la alarma
que suena entre los titulares de los diarios de la última semana de marzo
de 2000.

El cuadro del crimen
“Sangre en las paredes, en el piso, en los muebles de cocina, sobre los
parlantes, en una botella de whisky y diluida en distintos recipientes. Velas y
vasos con agua distribuidos en toda la casa. Excrementos y pis en el corredor.
El agua que corría de las canillas y cirios por toda la casa... En un rincón,
pelos cortados, pocillos con agua detrás de las puertas, folletos religiosos,
una Biblia ensangrentada con versículos subrayados abierta en el salmo
120. Sobre la mesa, un papel que envolvía restos de medialunas y un disco
de la Misa Criolla de Ariel Ramírez con la cubierta pringada  de huellas dactilares
rojas. Sobre un plato de madera, se encontró un almanaque de Transmutar
con la imagen de una virgen y un pequeño retrato de una mujer en
blanco y negro.
Tendido sobre el piso, en un desnivel entre la cocina y el living yacía el
cuerpo desnudo del hombre de 50 años que, con un su mano derecha se agarraba
a la columna de la escalera. Su cuerpo había recibido un centenar de
cortes, uno de los cuales le rasgó la carótida y lo desangró; otros, en su torso,
dibujaban un círculo y un triangulo entrelazados. A su rostro que estaba
desfigurado, además de los ojos le faltaban pedazos de carne.
Silvina de 21 años, desnuda con un cuchillo Tramontina hacía cortes sobre
ese cuerpo y con voz de hombre tronaba a los policías:
“–Váyanse de acá. Esto no es real. Ya le saqué el demonio a mi papá y
ahora tengo que sacárselo a ella”. Apuntando a Gabriela la otra joven de 27
años, vestida sólo con una remera ensangrentada, acurrucada contra la pared,
con sangre en las manos, golpes y cortes en el rostro y el cuello.
Las puertas y las ventanas estaban cerradas pero cuando la policía llegó,
a causa de las denuncias por ruidos molestos hechas por los vecinos, vio, a
través de las puertas de metal trabadas con cuatro llaves, lo que ocurría.

 

 

Los diarios varían; para Clarín fue tras una rendija que los policías alcanzaron
a ver cuando el hombre era apuñalado por su hija menor. Página 12
informa que convirtieron la cerradura de la puerta en mirador, desde allí vieron
a un hombre vivo, primero de pie, después arrodillado.
Por la investigación realizada sobre el cadáver, Juan Carlos Vásquez cae
muerto lentamente. Asiste al homicidio el custodio policial. Es la primera vez
que sucede en la historia. Asiste y ve al hombre parado y a la muchacha matando
a su padre.
–“Yo escuché a un hombre” hablaba Silvina, –pero no era una mujer era
“el Purificador” . Decía todo el tiempo: –“Satanás, el diablo”. Decía que él
era el Purificador.
–“Nunca nos vamos a olvidar de lo que encontramos al llegar. Nunca en mi
vida como policía había visto una cosa parecida. El horror de esta casa sólo es
comparable a las películas norteamericanas que muestran esos crímenes demenciales.
Un hombre muerto y desfigurado. La más chica parecía una fiera.
Tratamos de esposarla y no podíamos porque estaba en una crisis emocional
incontenible. Gracias a Dios, logramos sacarle el cuchillo de la mano, porque
podría haber matado a su hermana o se podría haber herido a ella misma”.
Casi todos los integrantes del grupo policial sufrieron un fuerte estado depresivo
después de estar en el hogar de la familia Vásquez.
Santángelo, un agente que entre sus compañeros está considerado un
hombre de acción, estacionó su moto en el frente del departamento y se
acercó caminando con tranquilidad, pero alerta. Tocó el timbre mientras escuchaba
rezos cada vez más altos. De pronto, desde el interior oyó una voz
grave y masculina que le gritó:
–“¡Váyanse! Sal, Satanás. Dejá el cuerpo de papá”.
Entonces, Santángelo asomó su mirada hacia el comedor y sintió que entraba
en el infierno.
Juan Carlos Vásquez estaba muerto, desnudo, yacía boca arriba en el piso,
con todo su cuerpo herido y el rostro desfigurado. Arrodillada sobre él, su
hija Silvina le clavaba una y otra vez el cuchillo de cocina Tramontina en lo
que le quedaba de la cara, mientras, con la otra mano pretendía arrancarle
algo de las entrañas y escupía restos de lo que parecían partes de su padre
arrancadas a mordiscones. En tanto Gabriela, la mayor de las hermanas, lucía
en trance sentada sobre un lago de sangre con tajos en la cara y un tremendo
golpe en la espalda.


El oficial Santángelo rompió el vidrio y abrió la puerta. Pero no estaba
preparado para tanto horror. Sin poder contener las convulsiones se arrodilló
casi descompuesto, gritando para alertar a sus compañeros.
Un principal tomó coraje y la encaró con unas esposas pero Silvina parecía
el mismo demonio y le arrojó un cuchillazo. El policía retrocedió y volvió
a la carga y la estudiante, diabólicamente poderosa, lo arrojó de un empujón
a cinco metros de distancia. Los compañeros del principal lo vieron palidecer
en el suelo encogido de hombros. Entre cinco, después de forcejear,
lograron esposar a Silvina. La pusieron en una camilla junto a Gabriela. Atadas
con fajas, las cubrieron con frazadas y las sacaron en una ambulancia. A
los ojos de los investigadores las dos hermanas salieron de la casa “como poseídas”.

El horror impide precisar cuál fue el mirador de la escena: tras una rendija,
por una cerradura o a través de las paredes cual si fueran transparentes,
la policía vio los últimos cortes que le hacía Silvina a Juan Carlos Vásquez.
Lo cierto es que cuando lograron derribar las puertas que los aislaban
del exterior, el hombre ya estaba muerto, y Silvina se abalanzaba sobre Gabriela
para cortarla también a ella. Las pocas frases dichas por Silvina quedan
repicando:
–“Váyanse de acá. Esto no es real. Ya le saqué el demonio a mi papá y
ahora tengo que sacárselo a ella.
–Esto no es real. Mamita, mamita, ahora papito va a volver a ser bueno.
–¡Váyanse! Sal, Satanás. Dejá el cuerpo de papá.
–Ahora sí vengamos a mamita Ya le saqué el demonio a papá, y ahora se
lo voy a sacar a ella. Ahora sí papá va a ser bueno.
–Váyanse. No tienen nada que hacer acá”.
De este modo la escuchó tronar la policía, con voz de hombre, mientras
intentaba dominar su fuerza descomunal.
Chocando con la intensa resistencia de Silvina que los medios no tardaron
en imputar a la posesión, las hermanas fueron transportadas en ambulancia,
en primer término al hospital Pirovano, en el cual Gabriela fue atendida
en terapia intensiva. Luego fueron llevadas al Hospital Neuropsiquiátrico
Braulio Moyano y alojadas en la unidad penitenciaria N° 27 en celdas separadas.
Algunos meses después ambas fueron declaradas inimputables, si
bien luego, la sentencia final de enero de 2001 dictaminó que Gabriela era

.

inocente, y aunque se consideró que Silvina fue quien mató a su padre fue
declarada inimputable, debiendo permanecer internada. Gabriela en cambio
salió del Hospital y en los últimos dos años se ha presentado, por lo menos,
en tres programas de televisión donde ha sido entrevistada.
Si bien la hipótesis de la posesión demoníaca, tan difundida, se apoyó en
determinados signos: la fuerza con que Silvina rechazó a la policía, sus palabras
y la voz de hombre con que las profirió, se sabe que el prestigio de tal
creencia se remonta en el tiempo, baste si no recordar cuánto de lo desconocido
sucumbió en la hoguera.
Los diarios y revistas anunciaban esos días “las hermanas satánicas”, donde
el adjetivo venía a calificar rápidamente la relación fraternal, lo demoníaco
cierra así con su significación general, lo particular del suceso.
Los dichos de Silvina no nos indican qué es para ella el demonio, pero
dicen de cierta movilidad, eso cambia de lugar, pasa por los cuerpos y los modifica.
El demonio, sea lo que sea, entró al cuerpo del padre desplazándose
desde allí al de Gabriela, provocando cambios que los cortes intentan revertir,
se trata de extraerlo de los cuerpos, no de matar al padre. Que hayan sido
cortes y no puñaladas, como las pericias lo señalan, podría mostrarnos
qué operación se intentó: se trataba de abrir la superficie para extraer el motivo
de su transformación.
Silvina estaría en lo cierto cuando le aclara a la policía: –“esto no es real”.
“Real”: sería esa categoría en la que la salvaguarda policial no podría inmiscuirse,
puesto que ese no sería el padre, sino un cuerpo que habita el demonio,
por eso los uniformados están de más: –“Váyanse de acá. Esto no es
real. Ya le saqué el demonio a mi papá y ahora tengo que sacárselo a ella”.
La intervención de Silvina no precisó de una orden de allanamiento, las
transmutaciones ocurridas se trazaron en los cuerpos delimitando el terreno.
En esta línea mencionemos un dato que no dejó de sorprender al periodista
mientras realizaba una entrevista de televisión:  Gabriela Vásquez contó
que horas antes del crimen habían tomado, instados por Silvina, un líquido
purificador de pisos y alfombras adquirido en Transmutar, un dato a tener
cuenta si recordamos que Silvina decía, cuchillo en mano mientras entraba
la policía, que ella era El Purificador.
Para otros más incrédulos y desconfiados, el responsable no era el demonio,
sino la idea inoculada en Silvina por Transmutar con fines comerciales.
Aunque con la investigación se determina que Sergio Etecheverry, su director,
no estaba implicado en el asunto legalmente, al comienzo la hipótesis
que manejan los investigadores se dirige al centro alquímico al que habrían
acudido primero Gabriela y luego Silvina y del cual se encontraron folletos
en la casa: eran indicaciones para un procedimiento de purificación.
Según esta conjetura habría un tercero que indujo al crimen y el culpable,
en esta versión, era un instigador externo que los precipitó en semejante espanto.
La causa queda fuera, se engarza bien y fácil, haciéndose guardiana
de la familia inocente contra la estafa social. Sólo para subrayar esta posición,
transcribimos el párrafo que sonaba en off, dirigido al público televidente,
con el que finalizaba la entrevista citada.
“Esto es para advertir a los que nos están viendo y a los que no nos ven,
para que se lo cuenten, se cruzan ciertas puertas y a veces, sin saberlo se puede
entrar en un infierno que termina de este modo. A veces en busca de soluciones
o porque no encuentra otras, a veces uno cruza un negocio aparentemente
muy inocente donde, aparentemente se venden elementos de santería,
elementos alquímicos y, bueno, empezó así la historia y terminó así con
el relato del policía”.
La actualidad de una ausencia
Las noticias de los diarios alcanzaron a un público más cercano, constituido
por los vecinos, quienes se asomaron puertas adentro.
Durante el allanamiento a la casa de la familia Vásquez no se pudo encontrar
ninguna documentación personal, ni agendas, ni fotos posteriores a
1997, año en que Juan Carlos, Gabriela y Silvina se mudaron a Saavedra.
Se comentó que un mes antes del crimen habían sacado a la vereda  grandes
bolsas de residuos que parecían contener papeles, lo cierto es que entre los
objetos, el día del crimen, se encontró un retrato en blanco y negro de la madre,
Aurora.
De ella pueden hablar los vecinos de Lomas del Mirador,   quienes coinciden
en distintos diarios en asegurar que después de su muerte todo se vino
abajo. Cuando en 1993, Aurora falleció a causa de un coma diabético, Juan
Carlos, Silvina y Gabriela se mudaron a un departamento más pequeño en
el mismo barrio recluyéndose, sin ver gente, no salían y fue tirado todo aquello
que pudiera evocarla. Sin embargo, la madre no dejaba de estar presente,
ya que según los vecinos, Silvina culpaba a su hermana mayor de su
muerte, ocasionando peleas y conflictos en la familia. Dicen que Silvina y su
madre tenían una relación muy estrecha y que ella quedó muy afectada, a los
14 años, tras su muerte. Por nuestra parte tomemos nota de lo dicho por Silvina:
–“Ahora sí vengamos a mamita. Ya le saqué el demonio a papá, y ahora
se lo voy a sacar a ella. Ahora sí papá va a ser buenito”.
Señalamos simplemente la participación del “mamita” entre las pocas
frases que conocemos de Silvina.
Hay acuerdo en que Aurora, como su nombre lo señala, está en el principio
de los problemas familiares; para los vecinos, entrometidos en la intimidad
familiar, la causa es Aurora, la culpable Gabriela.

Los eslabones del desencadenamiento

Volvamos a lo hechos, en una entrevista Gabriela reconstruye frente a las
cámaras cómo llegaron a ese momento. El día previo la hermana menor estaba
inquieta, ella y el padre lo habían notado. Fueron tres veces a misa, almorzaron
tarde, a la noche comieron pizza. Subieron a la habitación y leyeron
la Biblia, cada uno, un capítulo de cada salmo. Silvina decía que algo malo
le iba a pasar. Luego los tres tomaron ese líquido. Gabriela cuenta que había
otros líquidos para el cuerpo, éste estaba preparado para las alfombras y
el piso, “era un purificador”. El entrevistador insiste sobre este punto; transcribimos
los tramos de la entrevista en que vuelve sobre esta cuestión:
Gabriela: –También está el tema del líquido purificador que era para los
pisos y puede ser que sea el desencadenante. Silvina decía que teníamos que
tomarlo.
–¿Lo tomaron?
–Era lo que hacíamos para tener armonía familiar.
–Tomaron el líquido purificador ¿vos lo tomaste?
–Yo tomé un poquito.
–¿Tu papá se lo tomó?
–Sí. Yo creo que fue el desencadenante de que Silvina haya cometido esa
locura.
–Si yo te digo, agarro un limpiapisos y te digo tomalo ¿vos lo tomás?

.

–Y no, porque es para los pisos.
–Vos no lo tomás. ¿Por qué lo tomaste?
Frente a esta pregunta, Gabriela vacila.
– Y, qué sé yo, en ese momento fue, digamos... (deja la frase sin terminar ) 
–Yo sabía que no era para tomarlo, pero no sé, es hasta el día de hoy...
–¿Tomaste mucho?
–Yo fui la que menos tomó. La que más tomó fue Silvina.
–Y tu papá también.
–Sí.
Insiste:
–Ya, algo estaba pasando, en ese momento para que pudieran haber tomado
un liquido limpiapisos.
Esta es la respuesta de Gabriela:
–Mire, este... eso es algo que no tiene respuesta, fue algo que, fue algo
muy delirante en ese sentido.
Subrayemos que más allá de la especulación que llevaba adelante el programa,
relativa a la estafa comercial cometida por el centro alquímico, el diálogo
ocasiona por sí mismo un interés en el entrevistador que lo hace tomar
otra dirección. Consideremos, en esta vía, la vacilación de Gabriela, su sorpresa
que deja por momentos una respuesta en suspenso –acentuada por la
posición del que entrevista– y que, aunque ella intente cerrar con “algo delirante”,
plantea otra cuestión: ¿Cuál es la concatenación de términos que, según
Gabriela, el purificador desencadena?
Suspendamos por un momento esta pregunta del tiempo de los hechos y
porque se trata de entrevistas televisivas, avancemos en la secuencia hasta julio
de 2003 para escuchar a Gabriela concluir frente a las cámaras.
–“La única respuesta lógica que encuentro, y he leído bastante de la enfermedad
mental que ella padece, esquizofrenia, tienen fantasías, voces, y relaciones
con el diablo”. 
Este diagnóstico en su peculiaridad delata, a pesar de su procedencia psiquiátrica,
cierto matiz satánico pero diagnóstico al fin...nos sugiere la conve-


niencia de recordar para el lector aquellos otros dictámenes que fueron resultado
de los primeros días en el hospital Moyano.
Trastornos esquizofrénico o esquizofreniforme, que coleccionan en cuadros
los signos de la presencia de las hermanas en el psiquiátrico. La esquizofrenia
se exhibe como el reservorio causal: es porque hay esquizofrenia
que hubo crimen, el muestrario semiológico que la fundamenta diluye el alcance
de las palabras, los gestos y los movimientos, deshace, aplanando en
un cuadro sinóptico, el relieve discursivo de los acontecimientos
En junio de 2000, un diario publica el resultado de los peritajes de este
modo:
Hay que ser riguroso: Lucifer nunca fue considerado un sospechoso, pese
a los ribetes extraños que presentó el caso. Según los peritos, el único culpable
de esta tragedia fue la enfermedad psiquiátrica, lisa y llanamente. Silvina
de 21 años presenta un trastorno esquizofrénico (alteración mental grave
caracterizada por pérdida de contacto con la realidad, alucinaciones, delirios
o pensamiento anormal) y Gabriela de 28 padece un trastorno esquizofreniforme
(se parece a la esquizofrenia, pero en este cuadro los síntomas han estado
presentes por menos de seis meses).
El cuadro enmarca la escena dejando afuera a Lucifer: la única culpable
es la enfermedad mental, personaje principal, objetivable ella, que da pie en
el escenario a la entrada de lo legal. En nuestros días, el templo de la autoridad
se ha mudado al hospital. Ni demonios ni sangre: los pactos se escriben
sobre expedientes e historias clínicas. Lejos quedaron los tiempos en que
el horror solicitaba un público religioso.
La Iglesia es muy rigurosa en ese sentido. – “Yo soy el último recurso que
se utiliza, cuando la medicina y la psiquiatría se rinden. Y si bien analizamos
cada caso en profundidad la gran mayoría de los casos en los que las familias
creen que uno de los suyos está poseído, se trata en realidad de autosugestión”.

El fallo del juez declara:
Las dos son consideradas dementes en sentido jurídico.
.
Apacigua aclarando que Gabriela y Silvina
[...] No practicaron un rito satánico ni protagonizaron una conjura exorcista.
Sólo produjeron una sucesión de actos desorganizados, disparatados y
absolutamente psicóticos, que culminaron con la patética muerte del padre.
Es como si los públicos se hubieran transformado, la harina del espanto
se tamiza primero con la ciencia y se acomoda en la nosología, la justicia se
apoya en los peritos, y la iglesia se instruye en psicología.
¿Pero ante quién presentaría el niño bastardo, la nodriza de “El perfume”
 ¿Qué sospecha le suscitaría el niño que no huele?
[...] Imposible –dice el padre Perrier– es absolutamente imposible que un
niño de pecho esté poseído por el demonio. ¿Acaso habla ya? ¿Tiene convulsiones?
¿Mueve las cosas de la habitación? ¿Despide mal olor?.
–No huele a nada en absoluto –contestó la nodriza.
–¿Lo ves? Esto es una señal inequívoca. Si estuviera poseído por el demonio,
apestaría.
–No huelo a nada extraño –dijo, después de olfatear un momento– nada
fuera de lo común. Sólo el pañal parece despedir algo de olor.
–No me refiero a eso. No me refiero al contenido del pañal. Sus excrementos
huelen. Es él, el propio bastardo, el que no huele a nada.
–Está sano. ¿Acaso tiene que apestar? ¿Apestan acaso tus propios hijos?
–No, mis hijos huelen como deben oler los humanos.
–¿Acaso pretendes saber cómo debe oler un ser humano que, en todo caso
(te lo recuerdo porque está bautizado), también es hijo de Dios?
–Sí –afirmó el ama de cría.
–¿Y afirmas, además, que si no huele como tú crees que debe oler (¡tú, la
nodriza de Jeanne Bussie de la Rue Saint- Dennis!) es una criatura del demonio?

El olor que no se deja nombrar ante la nodriza convierte a Jean-Baptiste
Grenouille en un demonio. Sin embargo, expuesto ante el perito de la época
experto en catalogar las almas, Grenouille pasa la prueba. Demonio, Diablo
o Satán son distintas denominaciones para el espíritu del mal; protagonista de tentadores pactos eternos, ángel rebelado y rescatado por las sociedades
del abismo al que Dios lo habría arrojado, para colocarlo justamente
allí donde se presentan precipicios de la palabra.
Podríamos recorrer el corto camino que siguió la justicia hasta declarar
a Gabriela inocente y a Silvina inimputable, con lo que se cerró la causa en
lo criminal, pero un desvío por quienes fueron constituyéndose como público
nos servirá para situar otras versiones de la “culpabilidad”. El suceso de
las hermanas Vásquez fue acogido por el medio psicoanalítico local. Un diario
muy afín al medio psi, publicó por esos días una entrevista a un psicoan
a l i s t a .
Luego de consideraciones acerca del parricidio, de las que valdría dejar resonando
el señalamiento de que tal delito en la antigua sociedad romana era
un crimen que se consideraba imposible, el entrevistado pasa a responder
una pregunta acerca de la posible causa de ese acto.
“En el caso de las dos chicas es muy probable que haya sido la precipitación
final, el pasaje al acto de una estructura delirante, que se va desplegando
durante los años”.
[...] pero lo particular es que se da en una situación familiar donde hay
dos hermanas, y es en conjunto que asesinan al padre. Aunque parece haber
sido una. Lo cual da para pensar que había una estructura delirante compartida,
que no era uno y el otro con otras características, sino que se establece
lo que los viejos psiquiatras llamaban la folie à deux , la locura de dos. Entre
los dos se complementan, generalmente madre e hija, padre e hijo, y se sostienen
mutuamente en un delirio compartido.
Esta breve intervención ilustra el estilo de los comentarios clínicos que solemos
encontrar. Nada desentona en él: pasaje al acto, estructura delirante,
folie à deux ¿A quién, con muchas horas vuelo en los hospitales porteños,
ya sea como practicante o supervisor, no se le ocurriría hacerlos consonar
con el crimen de las Vásquez? “Sí –dirían– esos casos se presentan; el pasaje
al acto, la locura compartida y las estructuras delirantes compartidas –de
las que ya sabíamos– existen, están ahí”. Habría que probarlo... y aún así,
¿qué de nuevo nos permite averiguar? ¿Qué de la singularidad de lo que ocurrió
ese día?
El planteo que se inicia en la actualidad del “pasaje al acto” desciende en
el tiempo hasta la estructura previa delirante compartida.

Periodista: –En este caso, un brote psicótico se manifiesta de golpe. ¿se
puede detectar? porque el día anterior estaban en su vida normal.
–No es fácil detectarlo, porque hay muchos delirios que permanecen encubiertos
dentro de una vida mas o menos ordenada y, además, porque generalmente
estas personas no consultan y a veces los familiares tampoco lo
detectan y mucho más si hay un delirio compartido. De hecho, la psicosis
transcurre durante la adolescencia, puede ser a los 17, 18, 20 años o un poco
más, transcurre silenciosamente para el mismo paciente y para sus familiares.
A veces una escucha atenta, o alguien fuera de la familia detecta algo
que sorprende o extraña, pero es cierto que hay un momento en que se pro -
duce una verdadera ruptura . Por eso, no siempre es fácil detectarla ni en
la infancia ni en la adolescencia.
El lector notará las insistencias en el párrafo anterior, señaladas en tanto
indican un término que sólo puede ser supuesto en un momento anterior: el
delirio, por otro lado inhallable, hay que inferirlo, inventarlo, deducirlo siempre
hacia atrás en el tiempo para que contribuya, eficaz, a las seguridades de
lo “previo” y de allí, quizás, a lo aparente de la prevención. Paradojalmente,
sólo el especialista leería los signos. ¿Su saber experimentado le bastaría? Pero
¿quién lo convocaría en ese tiempo de silencio?
Como una suerte de referente del pasaje al acto, el recurso a la noción de
delirio deja sin tocar la subjetividad, las particularidades, sí efectuadas, en el
acto mismo.
Habría delirio porque cierto teoricismo lo indica, es desde el exterior de las
circunstancias, desde un más allá que debería implicárselo. Más aún, se autoriza
en la llamada experiencia clínica que suele no ser tan firme como para
que a cada tanto un tropiezo no se le escape, como cuando se despega del
texto una frase tal como: se produce una verdadera ruptura ¿A qué vendría
“ v e rdadera” aplicarse a “ruptura”? ¿Por qué no decir se produce una ruptura?
A menos que “lo verd a d e ro” de esa ruptura sea opuesto a lo anterior, es
d e c i r, lo previo conjeturado, al que no podría atribuirse ser “verd a d e ro ” .
Periodista:–Estas personas podían tener su vida normal, un trabajo.
–Hay otros casos que no tienen un fenómeno de desencadenamiento tan
claro, o a veces no se desencadena nunca.
Periodista: ¿en este caso?
–Parece ser el desencadenamiento de una psicosis.
Periodista: ¿En el caso del padre, en este delirio familiar, se lo podría considerar
psicótico?
–Es muy probable. Es más bien probable que hubiera entrado en la estructura
de delirio compartido, de pensar que era alguien poseído, que efectivamente
era impuro, que probablemente haya habido relaciones incestuosas.
Pero más allá de eso, que las haya habido o no, es probable que haya
adoptado una forma delirante, si se dio o no, o si simplemente fueron fantasías
incestuosas, el modo en que parece que todos pensaban y el padre también
lo aceptaba, que estaba poseído por el demonio.
¡Pero una ruptura parece que podría cerrarse con... el diagnóstico! No se
percibe que la fuerza de la ruptura llamada “desencadenamiento” cree las
condiciones de otro escenario, más aún, de otra cadena, que barra con las
especulaciones de la detección fallida.
Pero, aunque quiera cerrarse, la ruptura permanece, y si la lectura la señaló
sorprendida es porque es un término clave en lo que nos ocupa. Regresemos
al 27 de marzo, y recordemos la respuesta suspendida.
¿Cuál es la cadena, que según Gabriela, el purificador desencadena?
El espejo descompuesto
Los medios informan que la policía había encontrado un espejo roto, ubicado
en la planta alta, entre el baño y las habitaciones.
Juan Carlos Vásquez, según dicen, habría visto allí la imagen del diablo.
Periodista: –Ahora hay una parte que vos me contaste y que no me estás
contando. Se rompió un vidrio, y fue un desencadenante. ¿En qué momento
se rompió el vidrio o el espejo?
–Cuando estábamos arriba.
Periodista: ¿Qué espejo se rompe?
–Un espejo que teníamos para mirarnos.
Periodista: ¿En qué lugar?
–Entre las habitaciones.
Periodista:¿Hay un hall y hay un espejo? ¿Silvina dice que ve algo?
–Sí y mi papá le da un golpe y estalla en mil pedazos.
Periodista: ¿Tu papá? Ella dice que ve algo en el espejo.
–Pero no sé si mi papá también lo vio, pero yo no entiendo porqué él
rompió el espejo.
Periodista: Pero tu papá rompe el espejo porque evidentemente algo le
pasaba a tu papá independientemente de la intoxicación.
–Sí.
Periodista: ¿Por qué va y le da un puñetazo al espejo y lo rompe?. ¿Cuando
rompe el espejo, qué pasa? ¿Se corta?
–Sí, se corta un poco la cabeza, pero nada grave, un rasguño, cuando estallaron
los vidrios. Ahí es cuando mi hermana baja y ahí es cuando empieza
toda esta tragedia, ya ahí [...]
Periodista: ¿Tu papá, cuando rompió el espejo, no dijo nada?
–No recuerdo.
Periodista: Pero algo vio Silvina en el espejo.
–Lo que si había antes era una mancha, por eso lo que salió en los medios,
pero eso no significa que esa mancha era la cara del diablo como salieron
diciendo por los medios.
Periodista: Había una mancha en el espejo ¿era de humedad?
–Claro, como cuando uno tira vapor sobre un espejo y uno con la imaginación
de cada uno [...]
La descompostura atribuida a los efectos del líquido ingerido, señalado
por Gabriela como desencadenante, sugiere el camino hacia otra descompostura:
la del espejo. Juan Carlos Vásquez rompe un espejo “que tenían para
mirarse” en el que Silvina habría visto al demonio, luego de lo cual, el padre
da un golpe y el espejo estalla en mil pedazos. El entrevistador afirma
que esta circunstancia lo condenó a muerte ya que, inmediatamente, Silvina
va a la cocina y toma el cuchillo con el que matará a Juan Carlos.
Tal vez sólo se pueda decir que Silvina vio a Juan Carlos Vásquez romper
ese espejo en el que se miraban y a partir de allí, se dirige a cortar el cuerpo
del padre para sacarle el demonio.
El espejo perdió para ellos su función habitual. Ya no fue “para mirarse”:
su superficie en lugar de reflejar la imagen de lo que se presenta, se hizo soporte
de un objeto que se levanta, ante la ruptura, con otra dimensión, para
pasar en el estallido al cuerpo del padre. Nos importa, en lugar de averiguar
qué imagen se abrió en el espejo, destacar de quién fue el gesto que provocó
la explosión. Juan Carlos Vásquez, el padre, presentado como la víctima,
como el asesinado, y cuya intervención permanece velada
Entre los que conocen a Juan Carlos, los comentarios se dividen. Están
quienes dicen que era un hombre tranquilo, trabajador, empleado de una ferretería.
Algunos vecinos, comentan que vivía para sus hijas. Otros afirman
que, al menos con Gabriela, mantenía relaciones incestuosas; los medios lo
insinúan sobre la base de haber encontrado el día del crimen tres colchones
en una habitación y, teniendo en cuenta que al llegar la policía estaban desnudos.
 Tres años después de los hechos en un programa de televisión, ya
citado, un especialista en “familia” lo afirma:
–“El padre es el diablo y el diablo es el incesto [...] amor a Dios.
–“El primer crimen aberrante es el incesto. El infanticidio, no el parricidio.
El comienzo es un incesto. Casi seguro con la hija mayor”.
En la emisión, una extensa dramatización pone en escena para el público
televidente las relaciones incestuosas entre padre e hija frente a la mirada
de la hija menor. La hipótesis podría resumirse en una frase dicha por un psiquiatra
a las cámaras:
–“La hipótesis previa al ritual es que había una relación incestuosa entre
el padre y Gabriela y esto quedó como formando parte del hecho. Si ambos
cometieron este horror, es porque estaban poseídos por Satanás”.
Notemos al pasar que tal especulación es eficaz, para poner entre paréntesis,
el acento que recaía sobre la teoría del instigador alquímico sostenida
por otro canal de televisión. Esto imprime un costado de racionalización a la
figura de Satanás, pero sigue dejando en las sombras, incluso esquivando, la
posición del padre en su propio crimen. No obstante, tiene la virtud de inclinar
la balanza hacia el platillo de lo familiar.

¿La pasividad del padre o cómo está pringado?
Al revisar el material periodístico de aquellos días constatamos que se encuentran
casi perdidas, casi entre líneas, las indicaciones de que Juan Carlos
no habría ofrecido resistencia: no tenía lesiones en brazos ni en las muñecas,
recibió la mayoría de las puñaladas de pie y la policía se preguntaba por qué no habría gritado antes, puesto que seguramente eso lo hubiese salvado.
Pero de ninguno de estos breves señalamientos se llega a desarrollar
una hipótesis.
Retomemos el momento del crimen. Desde un mirador incierto la policía
vio cómo mataban a un hombre lo cual, según un forense, es inédito en la
historia criminológica. Ya dijimos cómo aparecían dificultades alrededor de
este punto: difícil hablar de ello, situar la duración de la entrada de la policía
y desde dónde éstos miraron.
Una revista no tardó mucho tiempo en difundir una foto del crimen que
captaba el cuadro que encontraron los policías al entrar: Silvina y Gabriela
ensangrentadas, el cadáver de Juan Carlos en el centro de la habitación.
Sin embargo, no era efectivamente, la foto del crimen , puesto que no hubiera
sido posible fotografiarlo. No era la toma del instante del crimen sino
de lo que había quedado luego de él. ¿Qué hubiera sido una foto del crimen?
Imaginémosla por un momento tomada desde algún mirador de la
escena: un hombre, Juan Carlos Vásquez, parado al lado de la escalera, tomando
con su mano la baranda, recibía sin retroceder las cuchilladas de su
hija Silvina. La foto imaginada sería una suerte de instantánea de una nueva
conjetura: la pasividad del padre que aparecería constituyendo otro público
de las Vásquez, cuya versión vendría a discutir las anteriores interrogando
tal “crimen”. Juan Carlos Vásquez frente a Silvina, recibiendo los
cortes sin defenderse. Se habría dejado matar haciéndose víctima pasiva.
Dirijamos nuestra atención hacia este público, hagámoslo entrar en escena.
La foto nunca fue tomada y, sin embargo, es posible ubicarla en el relato,
construirla a partir de las palabras titubeantes del oficial Lucero. Su
textura de imagen, incluso, se aviene a la insistencia de los términos relativos
a la mirada: el cuerpo sin ojos de Juan Carlos, el mirador vacilante
de la escena, el barrio de origen, Lomas del Mirador, la foto en blanco y
negro de Aurora encontrada en el portarretrato. La pasividad del padre se
devela por su mismo ocultamiento en los relatos periodísticos. Hay menciones
aquí y allá pero no llegan a diseñar una hipótesis, a constituir una pregunta.
En nada pareciera afectar a lo jurídico el hecho de que el padre se
hubiese entregado. Acaso, ¿eso no afectaría la responsabilidad de los hechos?
Ya no podría hablarse de instigación y hasta añadiría otro matiz a la
idea del crimen.
Pero al menos revisemos la sospechosa foto de la pasividad ¿Qué es una
fotografía? Una foto fija una imagen, congela el movimiento. Esa imagen fotografiada
sin un antes y un después es apta para volverse signo de la pasividad
de Juan Carlos Vásquez. La foto dice que se dejó matar. Pero al caer
esa foto, al mover esa imagen de su fijeza, en el ir y venir por los acontecimientos,
la dinámica del relato, nos lleva a otra imagen: aquella que no está
tan situada, esa imagen informe, esa deformidad de la mancha.  de la que se
dice que llevó a Juan Carlos a hacer estallar el espejo. Acto que continuó con
la secuencia que ya hemos referido: Silvina baja las escaleras y toma el cuchillo,
hace cortes en Juan Carlos hasta llegar al corte fatal en el cuello; luego
se dirige a Gabriela y comienza los cortes sobre ella.
Queda por considerar a partir de ese gesto y sus consecuencias si esa no resistencia
implicó pasividad.
No haber ofrecido resistencia, ni haber detenido la mano que empuñaba
el cuchillo, no necesariamente debe entenderse como ser el objeto de esa
acción.
La cronología iniciada unos años atrás incluye al padre, de hecho, en los
intentos de alejar el recuerdo de Aurora. Tirar los objetos, quemar los papeles,
alejarse de los lugares y de la gente que la evocaba, deja la figura de la
madre en una opacidad manifiesta en esa única foto en blanco y negro, resto
de Lomas del Mirador, que siempre presente, hasta ese instante los mantiene
unidos, incluso como tema de conflictos y de desplazamientos.
Ese ritmo cambia, un giro se efectúa en el preciso momento en que Juan
Carlos, agente de la acción, levanta su mano para romper el espejo; luego,
tras esa ruptura todo se desencadena con rapidez y confusión, como si se
entrara en esa dimensión extraña que, tal vez, Silvina señala con: “Esto no
es re a l ” .
Muchas fueron las especulaciones alrededor del crimen del padre: la intoxicación
por drogas, la influencia de una secta, la posesión, el incesto,
también, probables restos de semen hicieron pensar, al principio, en un tercero  con el que habría mantenido una relación homosexual. Todas y cada
una de estas especulaciones, incluso el fantasma del incesto, re s u l t a ron menos
insoportables para el público que la participación del padre en su propio
crimen. Cada argumento se detiene en un punto problemático, en una
opacidad discursiva y, desde allí, intenta establecer una explicación retroactiva
apta para instalar un re f e rente histórico de los hechos que tranquilice el
pensamiento y permita predecir aunque fuese a p r è s - c o u p lo que sucedió,
dejando deducir de ciertos resultados ciertas operaciones. Términos tales
como diagnóstico, psicosis y delirio, son efectivos y necesarios al momento
de interpretar signos de la realidad y comunicarla, pero adolecen de la ingenuidad
necesaria para vérnoslas con lo instantáneo. Ingenuidad, en tanto
sin experiencia anterior, ya que lo inédito del acto no admite experiencia
p re v i a .

El gesto de Juan Carlos Vásquez produjo un cambio en la estructura de
los términos, el demonio y el purificador, la imagen y el objeto a reflejar, la
familia unida y el crimen, el interior de la escena y el público. Las nuevas posibles
conjeturas no serían antecedentes del desencadenamiento, sino los
nuevos encadenamientos a partir de ese instante ingenuo de locura.

(1 )publicado en la reivsta Opaciades  3de la elp

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Gilberto Fuentes (viernes, 28 mayo 2010 10:37)

    Que tal!! Se basa el desencadenamiento de lo ocurrido en el momento del rompimiento del espejo por parte del padre, sin embargo a mi me hizo detenerme en el relato la frase de Silvina la noche anterior: "... algo malo va a suceder". Me dio la impresión de que era el punto de arranque, más que una premonición, parece una consigna. Qué fue lo malo que sucedió? eso parece estar opaco, sólo se especula al respecto, y lo que se ve es al padre muerto a consecuencia de haberle sacado al demoniio. La pasividad del padre creo que se evidencia desde el momento en que no participa preguntando, qué es lo malo que sucederá?". Me pregunto, de qué manera son tomados por el discurso familiar que todos son partícipes del acto?.

    Son pasivos el padre y Gabriela? o sujetos activos en la copnsumación del acto?.

    Bueno, por ahora esto se me ocurre.

    Saludos

  • #2

    BIYO (lunes, 29 julio 2013 15:42)

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  • #3

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